David es un buen amigo, serrano. En verano cuida de quién y cuándo entra en La Pedriza. En otoño vigila que la recogida de setas se haga bien. En invierno se calienta con la leña que obtiene de los bosques. Y en primavera, camina hasta las surgencias de agua naturales para beber agua de las entrañas de las montañas.
Lo fácil no siempre es lo mejor. La comodidad adormece el
cuerpo y adormece el ser. Lo más armónico, lo que más me respeta a mí y a mi
entorno, casi siempre pasa por dejarla atrás. Cuando escuché a David de
donde recogía el agua, me pareció un acto poético. Subversivo. Bello.
Por eso ayer, bien pronto por la mañana, en vez de abrir el grifo, salí de casa y me dirigí hacia arriba. La mochila vacía, Lanka caminando a mi izquierda, la vara en mi mano derecha. Con los primeros rayos de sol calentando ya la cara sur de la montaña, llegamos a la surgencia que nace a sus pies, en el cauce natural de la vertiente. En agosto el caudal es escaso, pero frío. Me mojo la cara, Lanka se refresca, lleno la garrafa y bebo mirando a la montaña, pensando en todas esas gotas que un día se infiltraron en la roca y hoy salen, otra vez, de este manantial.
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