miércoles, 21 de enero de 2026

Huellas.

Un zorro asciende una loma nevada, envuelto en la ventisca. A cada paso se hunde en la nieve blanda, pero su cuerpo ligero no pierde agilidad. Hace ya un buen trecho que abandonó el refugio del bosque, en la umbría de la montaña, avanzando hacia el sur. Ahí espera encontrar temperaturas más benignas y el abrigo de su madriguera, escondida bajo una roca de granito retorcida por el tiempo. Su avance es lento y trabajoso, pero decidido.

Al día siguiente el sol reaparece tras varios días de borrasca. La previsión anuncia otra más en camino y decido aprovechar la breve ventana de calma para salir. Me adentro caminando desde el valle, atravesando el bosque de pinos silvestres, hacia la zona más salvaje de la sierra. No llevo un plan preciso, solo buscar buenas bajadas y acumular desnivel antes de que anochezca.

A medida que gano altura, los piornos quedan cada vez más sepultados y entonces veo una huella de zorro. Es el rastro de un desplazamiento reciente, probablemente del día anterior. 

Seguir su traza resulta más sencillo que abrir camino en la nieve reciente, así que, agradecido, la continúo. Mientras avanzo, lo imagino con el pelaje azotado por la ventisca, salpicado de copos adheridos, la mirada afilada y firme, orientada siempre hacia adelante.

La huella me conduce a la ladera sur y allí se diluye entre los árboles. Por pura curiosidad, aunque la nieve sea más escasa en esa orientación, continúo su rastro, cruzando mis giros humanos con su línea recta animal. 

Dentro del bosque acabo perdiéndolo. Lo busco, doy algunas vueltas, pero ya no queda nada que seguir. Las huellas se han borrado y, en algún lugar bajo una roca, el zorro descansa tranquilo en la oscuridad de su madriguera.




Huellas.

Un zorro asciende una loma nevada, envuelto en la ventisca. A cada paso se hunde en la nieve blanda, pero su cuerpo ligero no pierde agilida...